Sobre la Tecnociencia, la Filosofía del Conocimiento, el Constructivismo y La Teoría Actor-red

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Fuente: Colaje Google Imágenes

¿Qué es la verdad Científica? Ya os he expuesto en varias ocasiones nuestra postura, que a la postre fue previamente avalada antaño por las últimas escuelas de la filosofía de la ciencia (como vimos en nuestro Curso Básico sobre Filosofía y Sociología de la Ciencia, y más concretamente en varios post como este: La Verdad Científica Como Consenso) Si hay una verdad absoluta ahí fuera, se encuentra más allá de nuestro alcance. Eso sí, la ciencia intenta hacer retroceder, paso a paso, el muro de nuestra incalculable ignorancia. Empero muchos científicos profesan un amor incondicional a su objeto de estudio y no terminan de reconocerlo. ¡El amor es ciego! e ¡ignorante!, dicho sea de paso. A menudo, casi textualmente, he sido criticado en varias ocasiones por “ensañarme mucho con la ciencia, demasiado! ¡Se trata de una percepción rotundamente falsa! A título personal  tengo pasión por ella, lo que ocurre es que una cuestión es el interés/ pasión, y otra muy distinta pensar que “ella es perfecta”, como defienden muchos profesionales dedicados a la Filosofía del Conocimiento. Se trata de una escuela a la que denominamos constructivismo, muy importante desde hace tiempo y que sigue ganando adeptos, más aun desde que las ciencias cognitivas comenzarán a dinamitar desde el propio seno de la indagación científica cualquier atisbo de objetividad pura, tanto en nuestras mentes como en los productos que se derivan de ella. Nos estamos refiriendo pues a un constructo social. Abajo os dejo unos párrafos preliminares, extraídos de Wikipedia, acerca de estas ramas del saber. Fijaros que cuando os reproduzco unos escasos fragmentos del texto que expone la enciclopedia libre sobre filosofía del conociendo, lo hago desde su capítulo dedicado a la de la ciencia, para que no alberguéis la menor duda. 

Ruego al lector que se fije en el siguiente hecho: La tecnociencia incorpora parte de las humanidades y en especial las ciencias sociales al núcleo duro de su programa científico de Investigación, desde la perspectiva lakatosiana, sobre la que ya abundamos con varios post en nuestro “Curso Básico de Filosofía de la ciencia”. Se me antoja paradójico que un hecho deseable, lograra por fin entrar en el seno de las discusiones acerca de  la ciencia, usando un vehículo que considero intelectualmente muy obsceno como lo es la propia tecnociencia. Más aun, dado que esta última y los estudios sociales de la ciencia, al contrario que en la filosofía clásica sobre el tema, cambian de dirección al analizar cómo trabaja la ciencia, dejando en un segundo lugar su esencia de la indagación científica (como lo es por antonomasia el método científico en su mismo), la propia filosofía se “socializa” y “desacraliza” bajando también de su pedestal

Será a partir de ahora la praxis y los intereses que la condicionan los que aglutinarán los estudios acerca de que es la ciencia.  Y así el progreso de la ciencia no se cargará a “hombros de gigantes intelectuales”, sino que debatiremos acerca del poder, la avaricia, la codicia, la vanidad y otras cualidades lamentablemente muy humanas

Y estas líneas vienen a colación debido a la propia definición de Tecnociencia, ya que esta diluye lo natural de lo social, lo objetivo de lo subjetivo, etc. Extraje el siguiente fragmento de texto, que ya os comenté y sobre el que sigo abundando abajo, de un artículo, firmado por tres expertos, y entre ellos Xavier Echeverría: Todas las dicotomías (naturaleza/sociedad, sujeto/objeto, humano/no humano) son puestas en tela de juicio en un intento de superación de la ideología de la modernidad (…). Soslayando toda esa desiderata de modernidad, posmodernidad, etc., lo cierto es que las aludidas dicotomías son a menudo las peores de todas ellas, por lo menos cuando abordamos temas científicos:las antonimias”. En este sentido os recomiendo que leáis una interesante obra del pensador francés  de Jean-Marc Lévy-Leblond de la que hablamos en nuestro post: “El Discurso Científico, los Conceptos Contrarios”. Y reitero por enésima vez, no podemos seguir pensando que es posible asirse a alguna verdad absoluta.  Debemos aprender a vivir con la incertidumbre de nuestros progresos, científicos o culturales en general, siempre mejorables (Los Conceptos Científicos y sus Limitaciones: Vivir en la Incertidumbre).  Y si la ciencia es un constructo social, la antaño considerada nítida frontera entre la  filosofía y la sociología, se diluye paulatinamente. De aquí que la Tecnociencia, incluso para aquellos que tienen fe ciega en la misma (que son los poderes fácticos que la sustentan) suelen aceptar tal constructivismo sin más miramientos y reparos, y menos aún ascos en sus discursos.

Y quizás sea este uno de los aspectos de la Tecnociencia que menos dañino se me antoja. Me refiero al reconocimiento  del interés de romper esa invisible pero pertinaz frontera que separa las humanidades de las ciencias. Ya en 1959 C. P. Snow habló del daño generado por tal línea roja, tanto a los estudios transdisciplinares como al conocimiento humano en general. Necesitamos la convergencia de las dos culturas, pero no en la dirección que apuntan los ayatolas de la tecnociencia. 

Por otro lado, y como veréis en los fragmentos de texto que os expongo abajo, las Tesis sobre las que Echeverría se basó para el desarrollo de su propuesta de tecnociencia,  en primera instancia, no parecerían encajar adecuadamente con las que usaron Latour y callón a la hora de exponer la denominada Teoría Actor-Red. Sin embargo a la postre este notable filósofo, junto a González y Casanova (2004), intentaron, más que conciliarlas, demostrar que juntas estimulan mutuamente su potencialidad heurística. Y es por esta razón por lo que hemos preferido escoger este artículo a otros de igual calidad. 

Así pues, en este post intentamos relacionar la Tecnociencia, con la Filosofía del Conocimiento y la denominada Etnometodología.

Juan José Ibáñez

Continúa…….

Filosofía del Conocimiento

La filosofía de la ciencia investiga el conocimiento científico y la práctica científica. Se ocupa de saber, entre otras cosas, cómo se desarrollan, evalúan y cambian las teorías científicas, y de saber si la ciencia es capaz de revelar la verdad de las «entidades ocultas» (o sea, no observables) y los procesos de la naturaleza. Son filosóficas las diversas proposiciones básicas que permiten construir la ciencia. Por ejemplo:

  • Existe de manera independiente de la mente humana (tesis ontológica de realismo).
  • La naturaleza es regular, al menos en alguna medida (tesis ontológica de legalidad).
  • El ser humano es capaz de comprender la naturaleza (tesis gnoseológica de inteligibilidad).

Si bien estos supuestos metafísicos no son cuestionados por el realismo científico, muchos han planteado serias sospechas respecto del segundo de ellos1 y numerosos filósofos han puesto en tela de juicio alguno de ellos o los tres.2 De hecho, las principales sospechas con respecto a la validez de estos supuestos metafísicos son parte de la base para distinguir las diferentes corrientes epistemológicas históricas y actuales. De tal modo, aunque en términos generales el empirismo lógico defiende el segundo principio, opone reparos al tercero y asume una posición fenomenista, es decir, admite que el hombre puede comprender la naturaleza siempre que por naturaleza se entienda “los fenómenos” (el producto de la experiencia humana) y no la propia realidad.

En pocas palabras, lo que intenta la filosofía de la ciencia es explicar problemas tales como:

La filosofía de la ciencia comparte algunos problemas con la gnoseologíala teoría del conocimiento— que se ocupa de los límites y condiciones de posibilidad de todo conocimiento. Pero, a diferencia de ésta, la filosofía de la ciencia restringe su campo de investigación a los problemas que plantea el conocimiento científico; el cual, tradicionalmente, se distingue de otros tipos de conocimiento, como el ético o estético, o las tradiciones culturales.

Constructivismo según Wikipedia

En filosofía de la ciencia y epistemología se denomina constructivismo o constructivismo epistemológico a una corriente de pensamiento surgida hacia mediados del siglo XX, de la mano de investigadores de disciplinas muy diversas (….). Para el pensamiento constructivista, la realidad es una construcción en cierto grado «inventada» por quien la observa. Nunca se podrá llegar a conocer la realidad tal como es pues siempre, al conocer algo, ordenamos los datos obtenidos de la realidad (aunque sean percepciones básicas) en un marco teórico o mental. De tal modo, ese objeto o realidad que entendemos «literal» no es tal, no tenemos un «reflejo especular» de lo que está «ahí fuera de nosotros», sino algo que hemos construido con base en nuestras percepciones y datos empíricos. Así, la ciencia y el conocimiento en general ofrecen solamente una aproximación a la verdad, que queda fuera de nuestro alcance.1

Gerald M. Edelman ilustra esta idea diciendo que «Cada acto de percepción es en cierto grado un acto de creación y cada acto de memoria es a cierto modo un acto de imaginación».2

Post ya editados hasta febrero de 2019 del Curso Básico Sobre la Filosofía de la tecnociencia

De la Filosofía de la Ciencia a la Filosofía de la Tecnociencia (Nuevo Curso Básico y Sus Razones)

 Bibliografía de libre Acceso en la Red Para el Curso Básico de Tecnociencias

Las Dos Caras de la Ciencia

De la Bigscience a la Tecnociencia (La Macrociencia Tardía)

Historia de la Tecnociencia: De la Ciencia a La Macrociencia Temprana

Tecnociencia Definiciones y Objetivos

Tecnociencia y Ciencia Disruptiva: La paradoja de los Grandes Equipos de Investigación

Bruno Latour se interesa por los suelos y la zona crítica terrestre

Abajo fragmentos del artículo: González, M. I. Casanova, P., Echeverría, J. 2004. Las nuevas ciencias y las humanidades: de la academia a la política. Anthropos Editorial, Barcelona. La teoría del actor-red y la tesis de la tecnociencia. Fundación Ikerbasque-Universidad del País Vasco. ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura CLXXXV 738 julio-agosto (2009) 705-720 ISSN: 0210-1963; doi: 10.3989/arbor.2009.738n1047.

En su artículo estos autores comentan que (los hipervínculos para explicar algunos conceptos son de este bloguero):

La revolución en los estudios sobre la ciencia y la tecnología había aparecido ligada al imperativo de buscar la explicación del contenido de la ciencia en su “contexto social”. Una ideología política determinada, cierto interés económico o algún arraigado prejuicio eran el tipo de factores que se rastreaban para explicar la génesis y legitimación de las teorías científicas. Para dar cuenta de la construcción de la naturaleza, defendía la revolución constructivista, es necesario apelar a la sociedad. Sin embargo, algunos autores se mostraron insatisfechos con esta “sociología de lo social” (…) lo social se “coproducen” mutuamente.

Este cambio de rumbo tuvo como influencias, entre otras, el estudio de los sistemas sociotécnicos desarrollado por Thomas Hughes (1983), en el que elementos organizativos, políticos, científicos, tecnológicos… se combinan para conformar la arquitectura de un sistema tecnológico estabilizado; y la etnometodología de Alfred Shutz. El análisis etnográfico de la ciencia, tal y como lo ensayaron Bruno Latour y Steve Woolgar (1979/1986) no tiene ya ninguna pretensión explicativa, sino tan sólo la de describir la actividad que científicos y tecnólogos desarrollan en sus laboratorios y de la que surge nuestra concepción del “mundo real”, natural y social. Los etnometodólogos de la ciencia sostienen que no puede apelarse a intereses, fines y factores sociales en general para dar cuenta de nuestras teorías, porque ellos mismos son también producto, y no causa, de las mismas fuerzas que dan forma a las afirmaciones de conocimiento científico y, por tanto, a la “realidad”.

Los estudios de laboratorio, sobre la base de los puntos más provocadores del programa fuerte en sociología del conocimiento científico de David Bloor (1976/1991), simetría y reflexividad, se desarrollaron en varias direcciones. La teoría del actor-red fue una de ellas. El punto de partida es la denuncia de que las prácticas de los sociólogos del conocimiento científico, lejos de adecuarse al principio de la simetría, son profundamente asimétricas. No sólo los sociólogos “tipo Edimburgo” tratan de forma asimétrica la naturaleza y la sociedad, suponiendo a la última como factor causal de la primera, sino que también tratan asimétricamente a los “actores” humanos y no humanos del escenario científico-tecnológico

Las propuestas de Echeverría y la teoría del actor-red confluyen en su especial atención a la práctica científica. El programa fuerte y los primeros enfoques en sociología del conocimiento científico se centraron en el estudio de los factores sociales que influyen en la construcción del conocimiento, y en cierta manera lo determinan, pero se interesaron menos por el estudio de la práctica científica, al menos en su primera época. En los años noventa, algunos historiadores, filósofos y sociólogos de la ciencia, como Hacking, Franklin, Galison o Pickering, comenzaron a ocuparse de la actividad científica sin reducirla a la construcción de conocimiento. 

Pese a sus puntos comunes, tratar de articular el trabajo sobre la tecnociencia contemporánea con la teoría del actor-red es una empresa arriesgada, aunque la recompensa puede ser importante. Mientras que la idea de tecnociencia, tal y como ha sido desarrollada por Echeverría (2003), responde al intento filosófico de clasificar y caracterizar las modalidades de práctica científico-tecnológica contemporánea, el conjunto de herramientas metodológicas de la teoría del actor-red trae al primer plano el desorden oculto tras la ordenada apariencia de la tecnociencia, la contemporánea y la de épocas pasadas. Sin embargo, al analizar la tecnociencia contemporánea, en el sentido de Echeverría, la teoría del actor-red ha de mostrarse necesariamente útil para describir las complejas redes tejidas por centros de investigación, instituciones, universidades y empresas, y los productos resultantes de las mismas en términos de orden natural y social.

ANT ha sido duramente criticada desde el propio campo de los estudios de la ciencia. Una de las acusaciones fundamentales es la de la esterilidad, e incluso el peligro de conservadurismo, en este tipo de enfoques. Desestimar la apelación a la sociedad en explicaciones causales del cambio científico podría convertir esta clase de estudios sociales en un ejercicio académico de salón tan insatisfactorio como las concepciones filosóficas y sociológicas clásicas que pretenden sustituir. Si bien estos autores sostienen que la tecnociencia y la política son indistinguibles, tal revelación podría no tener ninguna consecuencia práctica, porque quien posee la verdad es aquél que consigue reunir el suficiente poder para convencer al contrario de que tiene razón. Al abrir la caja negra de la tecnociencia quizá nos llevemos la sorpresa, augurada por Langdon Winner (1993), de encontrarla vacía y, como añadirían Collins y Yearley (1992), encontrarnos a nosotros mismos impotentes. Sin embargo, la teoría del actor-red ha mostrado fructíferas potencialidades en el ámbito político, bien por parte de autores de la “diáspora”, bien en los desarrollos más recientes de sus propios fundadores, como Bruno Latour y Michel Callon.

LA TEORÍA DEL ACTOR-RED Y LA TESIS DE LA TECNOCIENCIA

Javier Echeverría (Fundación Ikerbasque-Universidad del País Vasco, Instituto de Filosofía y Red CTI/CSIC) y Marta I. González (Instituto de Filosofía y Red CTI/CSIC); doi: 10.3989/arbor.2009.738n1047

González, M. I. Casanova, P., Echeverría, J. 2004. Las nuevas ciencias y las humanidades: de la academia a la política. Anthropos Editorial, Barcelona. La teoría del actor-red y la tesis de la tecnociencia. Fundación Ikerbasque-Universidad del País Vasco. ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura CLXXXV 738 julio-agosto (2009) 705-720 ISSN: 0210-1963; doi: 10.3989/arbor.2009.738n1047.

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