La Crisis Permanente de la Ciencia Española: Una Lección para Latinoamérica

Resulta obvio que España no es un buen ejemplo para Latinoamérica en materia de política científica. Iría un poco más lejos y defendería que para nadie. Tales afirmaciones pueden resultar un tanto paradójicas si añado que los investigadores españoles no son malos a nivel internacional. ¿Cuál es el problema? En realidad existen varios. No puedo llevar a cabo un análisis pormenorizado sobre los males que aquejan  a la indagación científica en esta país, tan solo ofrecer pinceladas. Ya os comenté hace años que constituimos parte de la mediocridad  cualificada, por más que moleste a algunos. Es decir, se publican muchos artículos en revista de impacto. Sin embargo, la ciencia española no despunta. Y al perecer, los medios de comunicación se han dado cuenta ahora, tras varios años de autocomplacencia, justamente cuando atravesamos una gran crisis económica que ahoga los presupuestos otorgados en los últimos años para llevar a cabo tales menesteres. Empero la noticia enlazada da cuenta de una realidad palmaria de la que nunca logramos salir. Cuando no existe una verdadera política científica adaptada a las necesidades de un país, cuando los medios (los papers) se transforman en el fin, cuando los científicos españoles hacen suyo el lema de “publica y perece”, confundiendo calidad con cantidad, cuando el tejido industrial y social no es proclive a la hora de transformar la buena ciencia en innovación y desarrollo, cuando la comunidad científica en el Estado equipara un buen sistema de investigación e innovación exclusivamente con generosas dotaciones económicas, cuando los políticos y los propios colegas se ufanaban que en función de la cantidad de artículos publicados España era entre la novena y la décima potencia mundial en el ranking de la producción científica, cuando se defiende que la  ciencia trasnacional debe reemplazar el papel esencial de una investigación básica, siempre necasaria para dar saltos cualitativos que generen grandes frutos a largo plazo, cuando el mecenazgo científico se confunde con el marketing que intentan mostrar ciertas empresas y compañías otorgando premios con cuantías ridículas o galardonando a los de siempre (el establishment), cuando jóvenes transgresivos y creativos que intentan abrir novedosas vías de investigación son castrados por los que se consideran “sacerdotes de la ciencia”, cuando la endogamia y los lobbies institucionales priman sobre la captura de grandes talentos internacionales (por mucho que digan lo contrario), etc. etc. ¿Qué se puede esperar?. Pues miren ustedes llevo realizando tales denuncias en esta bitácora desde 2005, para el disgusto de muchos. Y ahora que estamos en crisis, y todo se ve de color muy negro, uno de los grandes rotativos que venía defendiendo las bondades y éxitos de la ciencia española publica un artículo que viene a avalar lo que llevo clamando hace ya seis años, es decir que  la ciencia española no despunta. Del mismo modo, hace unos días un fantástico periodista  como Javier Pujol Gebellí se lamenta, con escepticismo, en un post que lleva por título las elecciones que vienen, de las pocas y parcas promesas (y menos aun realidades) que espetan nuestros políticos en tiempos de crisis ante en las elecciones de 2011 sobre esta materia. Y yo debo responder que no queremos enterarnos de en que consiste  la indagación científica, y como funciona. Algunos aspectos ya los trate en los post de nuestro breve curso sobre periodismo científico. ¿Y que lecciones pueden aprender los políticos e investigadores de Latinoamérica, de este “querer y no poder” que ha demostrado con creces, una y otra vez, el Estado y la Comunidad de Científicos Españoles?. Francamente varias y muy interesantes (….). Veamos de qué hablo.

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La Ciencia es España. Blog Periodista Digital

La primera de todas es alejarse de los consejos que les podamos dar desde España y los denominados países industrializados. Cierto es que pudiera haber excepciones, empero no son trasladables a los diversos escenarios que conforman los distintos países de Latinoamérica.  Algunos de ellos ya han comenzado a reincidir en los errores que se han cometido aquí, encubiertos bajo el slogan “publica o perece” (“todo se contagia excepto la belleza”). ¿A que les conducirá?: pues como en este lado del charco, a la mediocridad  cualificada. Mi respuesta a los planteamientos que en el mentado post de su blog realizo Javier Pujol Gebellí, ya lo escribí pocos días antes de las precedentes (Elecciones Generales 2008 en España tras el debate de los candidatos: ¿patético o triste?). Nada ha cambiado a pesar de que mis argumentaciones se escribieron un par de meses antes de que la crisis actual emergiera a la palestra pública con virulencia.

Los países Latinoamericanos, no pueden competir por sus presupuestos, masa crítica de investigadores e infraestructuras, con las grandes potencias en el mundo de la ciencia. Por lo tanto deben encontrar sus propios caminos, muy alejados de los que les intentaremos vender desde España, Europa o EE.UU.

Hoy por hoy, cada Estado de Latinoamérica, a falta de una gobernanza que una sus intereses, como en el caso de la Unión Europea, debe desarrollar su ley de la ciencia, innovación y desarrollo tecnológico (I +D + i), adaptada a unas necesidades y potenciales especificas. Intentar reproducir modelos foráneos de los países industriales, conllevaría a que sus científicos adoptaran unos roles equivalentes, incorporándose a un sistema competitivo en que, hoy por hoy no pueden despuntar. No atesoran un tejido industrial que absorba muchas de las líneas de investigación que en la actualidad se encuentran de moda el las revistas indexadas de prestigio. No se dispone de la masa crítica de investigadores, ni de las infraestructuras adecuadas como para plantear batalla en todos los frentes de la ciencia y tecnología contemporánea. Sería algo así como el refrán que nos dice ¡querer y no poder!. Este es el caso de España, en el que al adoptar el modelo foráneo de países como EE.UU. Alemania, Inglaterra, Francia, etc. ha conducido a tal falta de  “despunte” cuando la variable cantidad se reemplaza por la de calidad.  De este modo, pasamos de ser la novena potencia mundial al puesto vigésimo quinto más o menos.  Y eso suponiendo (que es mucho suponer) que el Factor de Impacto de las Revistas aludidas sean un indicador de algún tipo de excelencia. Ahora bien, si atendemos a las veces que los artículos españoles son citados por otros colegas en estos “Journales” tan solo levantan la cabeza un escaso puñado de investigadores. ¿Y para que sirven los rankings?. Francamente son totalmente inútiles excepto en lo que concierne a mejorar la imagen de un país en el mundo de la ciencia.

El bienestar de un país, al que debe responder una comunidad científica y tecnológica es la razón de ser de cualquier sistema de Investigación, Innovación y desarrollo (I +D + i). Una sociedad saludables debe partir de una soberanía alimentaria, una educación universal y gratuita hasta finalizada la adolescencia, fácil y económico acceso a la universidad  de los alumnos mejor dotados, y un sistema de salud gratuito y universal. Justamente estos tres pilares están siendo socavados en los denominados países del bienestar. ¿Deben los países latinoamericanos emular tal involución cuando nunca salieron de ella? Francamente, soy de la opinión de que sería un suicidio.

Cada país de Latinoamérica, en función de su economía, recursos naturales y potencialidades, tan solo debe apostar por aquellas líneas de investigación que puedan garantizar un desarrollo tecnológico en los sectores que les son propicios. Concentrando esfuerzos en los mismos se puede despuntar en unos pocos, jamás en todos. Intentar crear centros de excelencia en ramas de la investigación en las que jamás podrán competir con los Estados poderosos se traduce en dispendio. Eso si, en los seleccionados se deben calcular con cautela y pericia adonde deben viajar sus jóvenes talentos, si no se desea arrojar a un pozo negro los escaros recursos disponibles. Se trata de un punto sumamente delicado. No debe jamás confundirse el destino los centros o departamentos de investigación seleccionados con los que más publican a nivel internacional, sino con aquellos altamente cualificados que ofrezcan garantías con vistas a formar a sus jóvenes en las materias que interesan para el fortalecimiento del país.

Bajo la política del publica o perece, en España hemos enviando a nuestros jóvenes investigadores a laboratorios de alta reputación en donde aprenden a sobrevivir y/o despuntar, es decir a aquellos en los que más número de artículos tienden a publicarse. Ahora bien, al parecer “las líneas y objetivos de sus indagaciones importan menos”. El retornar con excelentes CV no implica más que ya saben como publicar en tales revistas. ¿Y que? Pero, ¿son mejores investigadores? ¿Sabrán sortear en sus respectivos países las dificultades a las que deben enfrentarse? ¿Son los conocimientos adquiridos los que necesitan en su tierra con vistas a mejorar el estado de bienestar? ¿No han trabajado en centros extranjeros para mejorar los  rankings de estos últimos? Debe tenerse en cuenta que, en esos centros de excelencia internacional, se incorporarán a las líneas de investigación en curso, que a manudo  no responden  a las que podrían interesar a sus países.

Dicho de otro modo, un sistema de pertinente de I +D + i, no debe basarse tan solo en ofertar más fondos, sino en un sereno, profundo y realista análisis de lo que verdaderamente puede llegar a mejorar los tres pilares básicos mentados (alimentación, salud y cultura-formación). Lo demás llegará después.

En cualquier caso, jamás debe olvidarse la ciencia básica. Atesorar excelentes y bien formados docentes en las universidades, capaces, de vez en cuando, de alegrar al país por el éxito de sus investigaciones y los galardones recibidos, resulta estimulante. Ahora bien, pretender competir con los que atesoran muchos más científicos, con más  medios y mejor dotados es como ir en búsqueda del Santo Grial ¡Una utopía!

Lo acaecido en España, ese ¡querer y no poder! que como máximo da lugar a esa mediocridad  cualificada, que no es aprovechable por falta de un tejido industrial menos desarrollado del que deseáramos, liderado por un grupo de empresarios que no saben o pueden llevar a cabo inversiones de futuro, encontrándose tan solo preocupados por el lucro inmediato ha conducido a España a su exasperante paradoja. Todos los Estados Latinoamericanos deben hacer todo lo posible con vistas a mejorar la cultura empresarial, pero desde sus respectivas idiosincrasias. Lo que es válido en unos países no resulta acertado en otros. ¡Cuidado con la globalización y aceptación acrítica de los cánones científicos!

Debe tenerse presente también que un buen sistema educativo no es aquél en que surgen universidades como setas por todo el estado. Mantener a muchos funcionarios es muy caro. El estado de las autonomías territoriales ha generado tal engorroso problema en España. Hoy faltan universidades y centros de excelencia, mientras que una buena parte de las mismos apenas atesoran grandes investigadores, estudiantes y recursos. Mejor invertir en becas y mantener buenos centros  que generar un gran número de infraestructuras que a la larga son ruinosas (no sustentables) en todos los sentidos.

Aprender del Sistema español de e I +D + i, es entender lo que no se debe hacer, sin que ello quiera decir que no atesoremos buenos investigadores, sino que realmente el esfuerzo ha sido un tanto ruinoso, por no estar orientado a hacer frente a las necesidades del país, sino a elevar nuestra posición en unos rankings, obsesión que no sirvan para nada. Por ejemplo, noticias como esta, no aportan nada, se trata de pura propaganda. , Los talentos que deben retornar al país son los que este último necesita, ni todos, ni los más relevantes en si mismos.

Finalmente enfatizar que Latinoamérica unida si puede ser competitiva, pero cada Estado por separado no. El día en que los conflictos sean relegados por los intereses comunes, el día en que se puedan organizar centros latinoamericanos de excelencia transnacionales que generen sinergias en beneficio de todos (…), ¡si ese día!, Latinoamérica podrá llevar a cabo apuestas competitivas en diversos frentes de la indagación científica. Pero aquí entramos en el ámbito de la geopolítica, no de la ciencia, aunque esta última saldría muy beneficiada.  

Juan José Ibáñez

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La ciencia española no despunta

La ciencia española no acaba de dar el salto de calidad esperado. Tras décadas de crecimiento espectacular, España se sitúa como novena potencia mundial en trabajos científicos publicados, pero los últimos indicadores de calidad siguen relegando al país a un papel secundario y en diversas clasificaciones está por detrás de la vigésima posición.

FUENTE | El País; 26/10/2011

La investigación española supone el 3,3% de la producción mundial recogida en la base de datos de Thomson Reuters (principal referencia internacional), cuando en 1963 solo era el 0,2%. Pero en ciencia, como en otros ámbitos, no importa tanto la cantidad como la calidad. El progreso científico se basa en un selecto grupo de trabajos en cada disciplina que son los más citados como referencia en investigaciones posteriores. Y aquí, como indican numerosos datos y resumen varios especialistas, España no logra despuntar.

Identificar y medir la calidad científica o, como se dice ahora, la excelencia, no es sencillo ni existe consenso sobre el método. Un criterio objetivo es considerar la tasa de excelencia o porcentaje de trabajos que se sitúan en el selecto grupo del 10% de los más citados en cada especialidad. Según este parámetro, “España está en el puesto 21 de excelencia entre los 50 países con más producción científica del mundo”, precisa Félix de Moya Anegón, investigador del CSIC y líder del grupo SCImago, remitiéndose a la base de datos Scopus, más amplia que la de Thomson Reuters. Y eso que “los efectos de la crisis no se perciben todavía”, añade.

Muchos de los indicadores de calidad se basan en la cita científica, que es el reconocimiento que hacen unos investigadores del trabajo de otros. En general, los trabajos españoles no tienen un gran impacto (promedio de citas por trabajo) porque no suelen ser muy citados. Por este parámetro, España ocupa el puesto 25 en la base de datos Thomson Reuters; en Scopus, el 20 en la lista de países que publican más de 1.000 trabajos anuales.

“Crecemos en producción científica pero no lo hacemos de la misma manera a nivel de impacto. Ahí nos hemos quedado estancados”, resume Daniel Torres Salinas, investigador de Grupo EC3 de Evaluación de la Ciencia y de la Comunicación Científica de la Universidad de Granada. “El impacto de la producción científica española sigue siendo muy inferior al de Estados Unidos o los principales países europeos”. De Moya lo ilustra con una imagen deportiva: “Tenemos muchas fichas de baloncesto pero pocos gasoles”.

Algunos autores creen que el papel de la ciencia española es todavía más secundario de lo que muestran los indicadores. Un trabajo publicado en Medicina Clínica en 2010 reveló que en el 54% de los trabajos publicados en seis de las revistas de mayor impacto (Nature, Science, PNAS, NEJM, JAMA, The Lancet) en los que había investigadores españoles, su contribución era secundaria (no aparecían como primeros o últimos firmantes). “La presencia española en estos medios es bastante inferior a nuestro nivel productivo en la ciencia mundial”, concluían los autores, encabezados por Evaristo Jiménez Contreras, investigador del EC3. Además, añadían otro duro dato: “A mayor participación y responsabilidad española, menor impacto”.

Solo en algunos campos la ciencia española ha estado siempre por encima del impacto medio mundial: física (con un impacto del 26% por encima de la media mundial), agricultura, química e ingeniería. Buena parte de la mejor ciencia española se hace también en unos pocos centros, según refleja el SCImago Institutions Ranking World Report 2011, que acaba de salir. Entre las 3.042 instituciones de todo el mundo que publican más de 100 trabajos anuales recogidos en Scopus, hay 146 españolas. Pero de ellas, apenas una docena tienen una tasa de excelencia superior al 25%, es decir, consiguen que al menos la cuarta parte de su producción figure en el selecto grupo del 10% de los trabajos más citados en su especialidad.

Los centros españoles con mayor tasa de excelencia son el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), con 46,1%; el Instituto Catalán de Investigación Química (ICIQ), con 45,1%; el Centro de Regulación Genómica (CRG), con 38,2%; y el Instituto Catalán de Oncología (ICO), con 37,6%. Curiosamente, tres de estos centros (ICIQ, CRG e ICO) no están entre los ocho acreditados como Centro o Unidad de Excelencia Severo Ochoa en la primera convocatoria del Ministerio de Ciencia e Innovación. “Son, sin duda, ausencias notables porque tienen el mismo nivel que algunos de los acreditados”, afirma Félix de Moya.

Entre los ocho centros acreditados no hay ninguna universidad, aunque los campus concentran la mayor parte de la producción científica española. En ellas están muchos de los mejores investigadores y algunos excelentes departamentos, pero su impacto se diluye.

Entre los 50 países con mayor productividad científica, 24 tienen al menos el 75% de sus centros universitarios por encima de la media mundial por impacto y España ocupa precisamente el puesto 24. “Las universidades españolas no destacan tanto por su excelencia como por su homogeneidad. La homogeneidad penaliza la excelencia”, subraya De Moya. Esta mediocridad se refleja en las clasificaciones de las mejores universidades del mundo, como la de Shanghái, Times Higher Education o QS. En ninguna de ellas aparecen universidades españolas entre las 100 mejores, hay una o dos entre la 150 y la 200, y la mayoría se concentran entre la 300 y la 500.

Estos ranking, dominados por las universidades de EE.UU., son muy controvertidos porque, además de un claro sesgo anglosajón, son herramientas de autor que “reflejan la realidad que quieren contar”, dice Torres Salinas. Así, el de Shanghái pretende medir la calidad docente con un indicador tan discutible como el número de premios Nobel que han salido de sus aulas, aunque el Nobel sea de hace un siglo. En el ranking ISI (Thomson Reuters) de universidades españolas elaborado por EC3 y publicado el mes pasado, considerando indicadores de producción y de impacto, los centros catalanes destacan sobre el resto (la Universidad de Barcelona lidera 12 de los 19 campos considerados), seguidos por los de Madrid y por un tercer eje emergente en Valencia.

Autor:   Gonzalo Casino

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