El título de este libro es En busca de Venus. El arte de medir el cielo, y su edición inglesa tenía que aparecer justamente en 2012; desgraciadamente, la edición en español tardó 8 años más, y perdió parte de la magia del extraordinario año 2012, como ahora explicaremos.

 

El libro está escrito por Andrea Wulf, que ya nos maravilló con La invención de la naturaleza, narrando la epopeya de Alexander von Humbolt para conocer el mundo y adelantarse a la ecología y la prevención contra el cambio climático.

Wulf relata en este nuevo libro otra gran hazaña científica, como usar el tránsito de Venus para conocer el tamaño real de nuestro Sistema Solar y calcular adecuadamente la distancia de la Tierra al Sol. La metodología es muy simple, basado en el llamado paralaje.

El paralaje es un desplazamiento en la posición aparente de un objeto visto a lo largo de dos líneas visuales diferentes y se mide por el ángulo o semiángulo de inclinación entre esas dos líneas. Los objetos cercanos muestran un paralaje mayor que los objetos más lejanos cuando se observan desde posiciones diferentes, por lo que el paralaje puede utilizarse para determinar distancias. Por ejemplo, para medir la distancia de un planeta o una estrella a la Tierra, los astrónomos miden el semiángulo de inclinación entre dos líneas de visión a la estrella, tal como se observa cuando la Tierra está en lados opuestos del Sol en su órbita. Es algo similar a lo que ocurre cuando miramos un objeto primero solo con un ojo y luego solo con el otro.

Fue el astrónomo Edmond Halley quién propuso en 1691 usar el tránsito de Venus: (“este va a ser el único tipo de observación que en el próximo siglo revelará la distancia desde el Sol a la Tierra con la máxima precisión”. Halley predijo los tránsitos de 1761 y 1769 que él no llegarían a vivir, ya que falleció en 1742. Así y todo, previendo esto, Halley dejó toda una documentación preparada con todas las indicaciones de lo que había que hacer.

Parte de la memoria de Halley

Si varios grupos de astrónomos observan el tránsito desde ubicaciones muy separadas en la superficie terrestre, y calculan el tiempo que tarda Venus en atravesar el círculo solar, estableciendo con exactitud la hora de comienzo y la hora de final del tránsito, pueden calcular la paralaje y, finalmente, deducir la distancia de la Tierra al Sol.

Así que se necesitaban estos equipos distribuidos por diferentes lugares del planeta. Había muchos inconvenientes en ese mundo del siglo XVIII, con varios enfrentamientos bélicos en diferentes lugares, en regiones de acceso complicado con los medios disponibles, sin la seguridad de que el tiempo permitiera buenas observaciones. El intento de 1761 (el 6b de junio, concretamente) fue un fracaso a medias, aunque se consiguió estimar que la distancia entre la Tierra y el Sol estaba entre 123 millones de kilómetros y 157 millones de kilómetros.

Diagramas de Mikhail Lomonosov en la Academia de Ciencias de San Petersburgo, en 1761

Se preparó todo de nuevo para no fallar en el siguiente tránsito, el 3 de junio de 1769. Ahora se tuvo más fortuna, y se pudo establecer el cálculo en 150.838.824 kilómetros, ya muy próximo a la distancia real que ahora conocemos con mucha precisión.

Y de esta extraordinaria aventura va el libro de Andrea Wulf. Los esfuerzos ímprobos y muchas veces sin éxito de todos aquellos astrónomos que se jugaron su vida simplemente por buscar el conocimiento y por su afán de trascendencia. Algunos episodios superan los de cualquier novela de aventuras que podamos imaginar.

La autora pudo asistir al tránsito de Venus del 5 de junio de 2012 (ni ella ni nosotros podremos asistir al próximo, que será en diciembre de 2117, en el Observatorio Nacional de Kitt Peak, en el desierto de Sonora, Arizona.  Y escribe emocionada:

“Mientras observaba a través del telescopio el movimiento de un planeta casi tan grande como el nuestro empequeñecido por la perspectiva frente la inmensidad del Sol, pensé en los cientos de astrónomos que apuntaron al cielo sus telescopios el 6 de junio de 1671 y el 3 de junio de 1769. Y durante esas pocas horas, sentí como si estuviera sobre los hombros de los cientos de personas valientes que vieron exactamente el mismo espectáculo hace doscientos cincuenta años.”

La autora en el Observatorio Nacional de Kitt Peak

 

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Manuel de León (CSIC, Fundador del ICMAT, Real Academia de Ciencias, Real Academia Canaria de Ciencias, Real Academia Galega de Ciencias).

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