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Archivo de octubre 31st, 2010

La pasión de los matemáticos en el cine

¿Se puede hacer de las matemáticas un entretenimiento de masas? Supongo que si hiciéramos una encuesta la mayoría de la gente contestaría con un rotundo NO.  Otros, entre ellos varios directores de cine, elegirían la respuesta contraria. Hay ejemplos de sobra en la historia del séptimo arte que convierten la primera respuesta en algo irreflexivo. En esta entrada de blog me gustaría centrarme en tres películas: Una mente maravillosa (Ron Howard en 2001, director de películas tan populares como Cocoon, Willow y Apollo13), El indomable Will Hunting (Gus Van Sant en 1997, controvertido cineasta cuya filmografía abarca desde pequeñísimos títulos de culto como Mi Idaho privado hasta otros de éxito comercial como Mi nombre es Harvey Milk, pasando por la ganadora de la Palma de Oro en Cannes Elephant) y La verdad oculta (de título original Proof, 2005, dirigida por John Madden, conocido por el éxito Shakespeare enamorado).

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Una mente maravillosa es el biopic del matemático americano John Nash (Russell Crowe), desde sus años de estudiante en Princeton hasta la recepción del premio Nobel de economía en 1994 tras superar los fantasmas de su enfermedad, la esquizofrenia, que lo mantuvieron alejado de la actividad científica durante años.

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En El indomable Will Hunting el protagonista (Matt Damon) es un chico huérfano, obrero de la construcción, con pocos medios y superdotado para las matemáticas, que, tras involucrarse en una pelea callejera y después de completar un largo historial delictivo, se reinserta en la sociedad trabajando en el servicio de limpieza del M.I.T. Allí conocerá a un prestigioso matemático que descubre su talento. Al mismo tiempo, Will inicia un proceso de terapia que lo ayudará a conocerse mejor, profundizar en los problemas que lo inclinan hacia la violencia y que le permitirá iniciar una relación provechosa y humana con el psicólogo que lo asiste.

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La verdad oculta cuenta la historia de la hija de un genial matemático (Anthony Hopkins) recién fallecido que vivió sus últimos años entre las brumas de la locura. Su hija (Gwyneth Paltrow) abandonó cualquier otra actividad para cuidar de él. En un lapso de lucidez, el personaje interpretado por Anthony Hopkins inicia la prueba de un importante teorema que concluirá su hija, también superdotada para la ciencia. La autoría de la prueba (de ahí el título original) es el fundamento de la trama.

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¿Hay algo que relacione estas tres películas aparte de ser protagonizadas por matemáticos? Sin mucho esfuerzo concluimos que son la demostración (nunca mejor dicho) de que la hipotética encuesta que mencionaba más arriba estaría equivocada: las tres suponen un gran entretenimiento para el espectador y, al menos las dos primeras, fueron reconocidas con sendos taquillazos y diversos premios. Es cierto que todas ellas incurren en la tendencia habitual en Hollywood al elegir personas fuera de lo corriente como protagonistas de sus películas. Asumiendo que es muy difícil hacer cine popular sobre vidas anónimas (y anodinas), reconocemos en ellas la presencia de la locura, el afán de superación, el amor filial, la envidia, la ambición, la debilidad, los fantasmas del pasado, el dolor que provoca una infancia difícil, etc., emociones universales que nos mantienen unidos a la pantalla y a los personajes al margen de su menos “empatizable” genialidad. Pero, ¿hay algo más? Mi respuesta es SÍ: la pasión por perseguir una idea.

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En mi opinión “el primer plano” es uno de los elementos que diferencian  el cine del teatro como arte escénica. Gracias a los planos cortos, y si los intérpretes tienen el talento necesario, podemos ver con claridad  todas las emociones que nos son habituales en la vida y que en el teatro sólo pueden trasmitirse por medio de brutales inflexiones de la voz y aspavientos mecánicos. Lágrimas, náuseas, tensión en los labios, ojos fuera de sus órbitas, ceños fruncidos, amplias sonrisas, bocanadas de angustia….En nuestras tres películas hallamos la pasión por las ideas. John Nash, después de muchos esfuerzos, encuentra la idea que desarrollará en su tesis doctoral (y que lo hará acreedor del premio Nobel casi treinta años después). Lo vemos detrás de las ventanas de su estudio, concentrado en la tarea, dejando pasar estación tras estación. El indomable Will, mientras friega los pasillos del M.I.T., se topa en una pizarra con un problema propuesto para estudiantes de doctorado. Al regresar a casa no puede estar tranquilo: se levanta del sofá y acude al baño donde comienza a escribir la solución (correcta, por supuesto) en el espejo que hay sobre el lavabo. En el reflejo observamos con claridad su gesto congelado por la persecución: no hay nada más en el mundo que los símbolos que raya en el cristal con un rotulador. En Proof, el personaje de Anthony Hopkins reingresa efímeramente a la lucidez desde la locura. Le relata a su hija cómo ha iniciado la prueba de algo importante, el júbilo que siente por dentro al recuperar las viejas emociones, al notar toda “la maquinaria” funcionando de nuevo. Se lleva las manos a la cara y en ella vemos una expresión de alegría imposible de disimular. La alegría de perseguir un pedazo de realidad.

Como aficionado al cine y estudiante de matemáticas disfruto al encontrar esa rara emoción en pantalla. Es cierto que a “los mortales” no nos resulta tan fácil encontrar la solución de un problema y que muchas veces la tarea se convierte en una senda espinosa. Sin embargo, cualquiera que practique las matemáticas como ciencia sabe que el impulso que nos mueve es el mismo: entender cómo funcionan las cosas, hallar algo al final del camino, saber que las reglas son correctas y que son útiles, redescubrir una y otra vez que, al menos, hay algo “ordenado y cristalino” en el mundo.

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Fernando Jiménez Alburqueque (CSIC) es investigador del Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT).

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