Archivo de julio 12th, 2012

El autor dice haber leído un artículo importante en la North British Review (1867) en el párrafo centésimo vigésimo octavo de El Origen de las Especies

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El autor sigue empeñado en la existencia de una aberración: la selección inconsciente.

 

En éste párrafo dice haber leído un artículo importante en la North British Review (1867), pero no nos dice ni su título ni su autor. Por lo que cuenta, cabe la posibilidad de que el artículo contenga estadísticas que tanto gustaban a Francis Galton, fundador de la Eugenesia y primo del autor. Así leemos, por ejemplo, un planteamiento tan enrevesado como el siguiente:

 

El autor toma el caso de una pareja de animales que produzca durante el transcurso de su vida doscientos descendientes, de los cuales, por diferentes causas de destrucción, sólo dos, por término medio, sobreviven para reproducir su especie. Esto es un cálculo más bien exagerado para los animales superiores; pero no, en modo alguno, para muchos de los organismos inferiores. Demuestra entonces el autor que si naciese un solo individuo que variase en algún modo que le diese dobles probabilidades de vida que a los otros individuos, las probabilidades de que sobreviviera serían todavía sumamente escasas.

 

Bueno, no sumamente escasas. Exactamente el doble de las probabilidades del caso general.

 

 

El caso del pico que menciona al final no está muy claro sino todo lo contrario, se trata de un ejemplo que se contradice a sí mismo. Aún así, Lo que sí queda claro es que por muy fuerte, grande, torcido que fuese el pico, no daría lugar a un cambio de especie.

 

 

 

 

128.

It should be observed that in the above illustration, I speak of the slimmest individual wolves, and not of any single strongly marked variation having been preserved. In former editions of this work I sometimes spoke as if this latter alternative had frequently occurred. I saw the great importance of individual differences, and this led me fully to discuss the results of unconscious selection by man, which depends on the preservation of all the more or less valuable individuals, and on the destruction of the worst. I saw, also, that the preservation in a state of nature of any occasional deviation of structure, such as a monstrosity, would be a rare event; and that, if at first preserved, it would generally be lost by subsequent intercrossing with ordinary individuals. Nevertheless, until reading an able and valuable article in the “North British Review” (1867), I did not appreciate how rarely single variations, whether slight or strongly marked, could be perpetuated. The author takes the case of a pair of animals, producing during their lifetime two hundred offspring, of which, from various causes of destruction, only two on an average survive to pro-create their kind. This is rather an extreme estimate for most of the higher animals, but by no means so for many of the lower organisms. He then shows that if a single individual were born, which varied in some manner, giving it twice as good a chance of life as that of the other individuals, yet the chances would be strongly against its survival. Supposing it to survive and to breed, and that half its young inherited the favourable variation; still, as the Reviewer goes onto show, the young would have only a slightly better chance of surviving and breeding; and this chance would go on decreasing in the succeeding generations. The justice of these remarks cannot, I think, be disputed. If, for instance, a bird of some kind could procure its food more easily by having its beak curved, and if one were born with its beak strongly curved, and which consequently flourished, nevertheless there would be a very poor chance of this one individual perpetuating its kind to the exclusion of the common form; but there can hardly be a doubt, judging by what we see taking place under domestication, that this result would follow from the preservation during many generations of a large number of individuals with more or less strongly curved beaks, and from the destruction of a still larger number with the straightest beaks.

 

 

Habría que advertir que en el ejemplo anterior hablo de los lobos más delgados, y no de que haya sido conservada una sola variación sumamente marcada. En ediciones anteriores de esta obra he hablado algunas veces como si esta última posibilidad hubiese ocurrido frecuentemente. Veía la gran importancia de las diferencias individuales, y esto me condujo a discutir ampliamente los resultados de la selección inconsciente del hombre, que estriba en la conservación de todos los individuos más o menos valiosos y en la destrucción de los peores. Veía también que la conservación en estado natural de una desviación accidental de estructura, tal como una monstruosidad, tenía que ser un acontecimiento raro, y que, si se conservaba al principio, se perdería generalmente por los cruzamientos ulteriores con individuos ordinarios. Sin embargo, hasta leer un estimable y autorizado artículo en la North British Review (1867) no aprecié lo raro que es el que se perpetúen las variaciones únicas, tanto si son poco marcadas como si lo son mucho. El autor toma el caso de una pareja de animales que produzca durante el transcurso de su vida doscientos descendientes, de los cuales, por diferentes causas de destrucción, sólo dos, por término medio, sobreviven para reproducir su especie. Esto es un cálculo más bien exagerado para los animales superiores; pero no, en modo alguno, para muchos de los organismos inferiores. Demuestra entonces el autor que si naciese un solo individuo que variase en algún modo que le diese dobles probabilidades de vida que a los otros individuos, las probabilidades de que sobreviviera serían todavía sumamente escasas. Suponiendo que éste sobreviva y críe, y que la mitad de sus crías hereden la variación favorable, todavía, según sigue exponiendo el autor las crías tendrían una probabilidad tan sólo ligeramente mayor de sobrevivir y criar, y esta probabilidad iría decreciendo en las generaciones sucesivas. Lo justo de estas observaciones no puede, creo yo, ser discutido. Por ejemplo: si un ave de alguna especie pudiese procurarse el alimento con mayor facilidad por tener el pico curvo, y si naciese un individuo con el pico sumamente curvo y que a consecuencia de ello prosperase, habría, sin embargo, poquísimas probabilidades de que este solo individuo perpetuase la variedad hasta la exclusión de la forma común; pero difícilmente puede haber lugar a dudas, a juzgar por lo que vemos que tiene lugar en estado doméstico, que de este resultado se derivaría la conservación durante muchas generaciones de un gran número de individuos con picos más o menos curvos y la destrucción de un número mayor de individuos con los picos rectos.

 

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