Críticos de Darwin: V

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Vallejo, Fernando (1942-    )

 

Esta forma negligente de hablar, contradiciéndose cien páginas más adelante, cuando al lector ya se le olvidó lo que había dicho, es muy propia de Darwin, y eficacísima para disimular su pensamiento confuso. La prueba es el siglo y medio de embrollo que llevamos arrastrando desde la aparición de este libro.

 

La supervivencia del más apto es la tautología más hipócrita de toda la historia de la ciencia. Es el mismo argumento circular o petición de principio que  la preservación de las razas favorecidas aunque más insidioso, obscurecido por uno de los conceptos más capciosos de la biología, el de adaptación que pretende, por ejemplo, que el pez está adaptado al agua porque puede vivir en ella. Por supuesto que puede. Y por supuesto que el más apto sobrevive. Pero el menos también. Y es que hablar del más apto y del menos apto no tiene sentido porque no hay forma de medirles la “aptitud” (fitness), como no sea por su descendencia: el más apto es el que deja más descendencia. Pero resulta que en los organismos que se reproducen sexualmente, que son de los que trata Darwin, cuando el más apto se cruza con el menos apto, los hijos son de ambos, es común la descendencia. El menos apto perdura en la descendencia que tiene con el más apto. Así los organismos no clonales que habitamos hoy el planeta somos los descendientes no sólo de los más aptos del pasado sino de los menos aptos que se cruzaron con ellos.

(La Tautología Darwinista)

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Vasconcelos, José (1882-  1959)

La tesis central del presente libro que las distintas razas del mundo tienden a mezclarse cada vez más, hasta formar un nuevo tipo
humano, compuesto con la selección de cada uno de los pueblos existentes. Se publicó por primera vez tal presagio en la época en que
prevalecía en el mundo científico la doctrina darwinista de la selección natural que salva a los aptos, condena a los débiles; doctrina que,
llevada al terreno social por Gobineau, dio origen a la teoría del ario puro, defendida por los ingleses, llevada a imposición aberrante por el
nazismo.

Contra esta teoría surgieron en Francia biólogos como Leclerc du Sablon y Noüy, que interpretan la evolución en forma diversa del
darwinismo, acaso opuesta al darwinismo. Por su parte, los hechos sociales de los últimos años, muy particularmente el fracaso de la
última gran guerra, que a todos dejó disgustados, cuando no arruinados, han determinado una corriente de doctrinas más humanas.
Y se da el caso de que aún darwinistas distinguidos viejos sostenedores del espencerianismo, que desdeñaban a las razas de color y a las mestizas, militan hoy en asociaciones internacionales que, como la Unesco, proclaman la necesidad de abolir toda discriminación
racial y de educar a todos los hombres en la igualdad, lo que no es otra cosa que la vieja doctrina católica que afirmó la actitud del indio
para los sacramentos y por lo mismo su derecho de casarse con blanca o con amarilla.

(La Raza Cósmica. Prólogo)

El triunfo del blanco se inició con la conquista de la nieve y del frío. La base de la civilización blanca es el combustible. Sirvió primeramente
de protección en los largos inviernos; después se advirtió que tenía una fuerza capaz de ser utilizada no sólo en el abrigo sino también en
el trabajo; entonces nació el motor, y de esta suerte, del fogón y de la estufa precede todo el maquinismo que está transformando al mundo.
Una invención semejante hubiera sido imposible en el cálido Egipto, y en efecto no ocurrió allá, a pesar de que aquella raza superaba
infinitamente en capacidad intelectual a la raza inglesa. Para comprobar esta última afirmación basta comparar la metafísica sublime del Libro de los Muertos de los sacerdotes egipcios, con las chabacanerías del darwinismo spenceriano. El abismo que separa a Spencer de Hermes Trimegisto no lo franquea el dolicocéfalo rubio ni en otros mil años de adiestramiento y selección.

(La Raza Cósmica)

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Viloria Petit , Ángel Luis (1968-    )

 

La trinchera mejor protegida de la biología moderna, allí donde se resguarda la hipótesis de la evolución por selección natural, está asignada por un exitoso y perdurable convenio intelectual entre Gran Bretaña y los Estados Unidos de América. A ella acuden desde hace casi 150 años los ejércitos científicos aliados, como deslumbrados por el hallazgo de una explicación que pretende sosegar todas las angustias del ser humano. La defensa feroz de esta trinchera denota la ambición de hacer de la ciencia el último instrumento de la dominación cultural. Los alcances de esta cuasi-adoración por las explicaciones evolutivas son inusitados. La noción de que estamos aquí tan solo por selección natural, por azar, está tan arraigada, que sin duda, la menor amenaza de cambio en esta ideología tendenciosa podría hacer tambalear las estructuras sociales modernas, la superestructura que arropa la organización de las naciones, la visión que la humanidad tiene de su mundo, desde lo invisiblemente pequeño hasta lo inaccesiblemente enorme. Si esta perspectiva catastrofista infunde temor, debo opinar que actualmente no es ninguna amenaza; la fuerza aliada en aquella trinchera es tan grande que por el momento no se vislumbra posibilidad alguna de enrumbar la biología moderna hacia otros horizontes. Sí cabe, por el contrario, convencer a las nuevas generaciones de que en el mundo occidental anterior a 1859 hubo muchas ideas distintas-actualmente abandonadas-en torno al fenómeno de lo viviente, y que a partir de entonces no faltaron talentos que desafiaran con otros conocimientos y perspectivas lo que se dio en propagar masivamente en el ámbito de las ciencias biológicas.

 

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