Archivo de octubre 8th, 2012

La ciencia gallega vista por un marciano: Artículo en El Faro de Vigo sobre ciencia y excelencia

El Faro de Vigo publica hoy el artículo titulado La ciencia gallega vista por un marciano que reproduzco a continuación………..

 

La “excelencia científica” (EC) domina los debates sin que, por más que se la ensalce y promueva, deje de ser un concepto confuso y subjetivo. La EC seguramente existe pero no sabemos con precisión lo que es ni si podría medirse sin dejar lugar a dudas, como se deduce de la lectura de dos artículos publicados en Faro de Vigo. El primero, de David Posada (“La ciencia gallega excelente” 14/05/2012); el segundo, de Juan José R. Calaza (“La lechuza de Minerva y la ciencia (¿gallega?)” 20/05/2012) Y para terminar de complicar las cosas tampoco queda claro de la lectura de ambos artículos qué pueda ser la “ciencia gallega”. Precisamente, para no perdernos con tanta complicación voy a dar por sentado que la ciencia gallega existe. Resuelta la primera parte del problema puedo centrarme en el estudio de la parte más difícil: ¿en qué consistiría su excelencia?

Si en primera aproximación un marciano recién llegado a este planeta quisiera informarse de manera objetiva rebuscando en las informaciones y noticias más accesibles pronto caería en la cuenta que la EC se suele enlazar con riqueza económica. En última instancia, la EC es una máquina de fabricar dinero. Incluso la excelencia científica de apariencia más noble y útil –por ejemplo, la que cristaliza en innovaciones que curan o atenúan los efectos de graves enfermedades– si no da dinero no interesa. Por tanto, la inversión en la misma va precedida de las expectativas y estudios de los beneficios económicos futuros. A esta conclusión, no a otra, llegaría un marciano que objetivamente estudiase la EC tanto en Nueva York como en Bangalore.

Si así fuese, el control de la ciencia por quienes controlan el dinero no garantizaría excelencia alguna -a menos que, en redundante circularidad, se definiese la EC como la capacidad de generar dinero– sino, al contrario, mermaría la auténtica EC al limitar la independencia de los investigadores sometidos a criterios de rentabilidad.

Que la excelencia se refiere a dinero se ve de inmediato en el artículo de David Posada donde se da a entender que con la captación de recursos económicos la EC está casi garantizada. Error, puesto que este tipo de excelencia, definida por los resultados económicos, se retroactiva generando cada vez mayores exigencias de rentabilidad, conocido efecto perverso de los mecanismos económicos del capitalismo financiero vigente. En estas condiciones, a largo plazo, la sociedad puede quedar privada de la verdadera ciencia. Desaparecería esa faceta tan importante que consiste en ayudar a responder preguntas de manera desinteresada sin que el objetivo fundamental sean los resultados económicos. Y, peor aun, la ciencia que atiende solo a los resultados económicos, como las nanotecnologías, multinacionales farmacéuticas o energía atómica quizás esté generando una excelencia de nefastas consecuencias.

Asimismo, la ciencia contemporánea es presa de la desilusión que resulta de encontrarse sometida a unos criterios de excelencia, de selección o de como quieran ustedes llamarlo, que son tan falsos como puramente económicos. Se comparta o no, esa desesperanza, esa desilusión se percibe claramente en el citado artículo de Juan José R. Calaza cuando se dirige a David Posada entendiendo sus selectivos criterios de prestigio y rentabilidad económica pero sin compartir su optimismo.

Pero si el marciano prosiguiera su investigación, después de tomar conciencia, leídos los artículos de Calaza y Posada, del carácter mercantil y parcialmente desilusionante de la EC actual, y en la misma tierra de la que ambos son naturales se consagrara a la lectura de textos de sus predecesores, encontraría algunas peculiaridades que son, precisamente, las virtudes contrarias de los dos inconvenientes arriba señalados. Es decir, en Galicia existe una tradición de científicos independientes que han desarrollado su labor con escasos medios y que, como consecuencia, han dado lugar a una ciencia libre, independiente, y, por tanto, esperanzada, que hoy día peligra en aras de la ultra-especialización y los criterios de excelencia dominantes.

“Toca ahora, o cuando sea posible, buscar por las estanterías de las bibliotecas o los libreros de lance, aquellos autores gallegos que nos mostraron una visión diferente y, como digo, no excelente sino, mejor aun, buena”

 

 

 

Siguiendo el camino que nos mostró el marciano, toca buscar por despachos y laboratorios apartados, en tantos edificios universitarios e institutos de investigación. Toca ahora, o cuando sea posible, buscar por las estanterías de las bibliotecas o los libreros de lance, aquellos autores gallegos que nos mostraron una visión diferente y, como digo, no excelente sino, mejor aun, buena. Entre ellos, comenzaríamos con una lectura de los libros del profesor Rof Carballo, psiquiatra e inventor de ese concepto fabuloso que es la Urdimbre. Leamos en particular el titulado “Signos en el Horizonte”, exponente de algunos ejemplos que puedan hoy servir a los más desprejuiciados estudiosos del origen de la vida y del Universo. Con todo, el profesor Rof Carballo, que realizó buena parte de su carrera profesional en Madrid, no será el exponente último de esa ciencia gallega, libre y de escaso presupuesto, y que tan importantes aportaciones puede seguir haciendo a la sociedad. Vayamos más allá a bucear en sus maestros para encontrar la obra casi inédita de Roberto Novoa Santos. Descubramos cuán pocos medios son necesarios para investigar en algo bien interesante: la función de la conciencia, que no es otra sino revelarnos un sistema de imágenes o de símbolos que, sin su concurso, quedaría hundido para siempre en la sombra. Enterrado quizás bajo un montón de chatarra nuclear, o de monedas de la excelencia científica.

 

Imagen: Roberto Novoa Santos. Del blog Medicina y Melodia

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La obra de Darwin y la idea de progreso

La idea de progreso, verdadero supuesto básico de la moderna cultura europea y motivo de continua satisfacción para el hombre decimonónico, se encontraba por fin confirmada científicamente. [. . .] Es como si todo un ambiente cultural, lleno de ingredientes historicistas y cientistas, necesitara, para su completa autoafirmación, la obra de Darwin.

Diego Núñez, El darwinismo en España (Madrid: Castalia, 1969), pp. 7–8.

 

Citado en Galdós and Darwin. T E Bell. Colección Támesis. Serie A Monografías.

 

Los cincuenta últimos años del siglo XIX constituyen el apogeo de la cosmovisión progresista y de su consecuencia, el liberalismo político y económico. Es lo que reconoce Bury al afirmar que “hacia 1870 y 1880 la idea del progreso se convirtió en un artículo de fe para la humanidad. Algunos la defendían en la forma fatalista de que la humanidad se mueve en la dirección deseada, aun en contra de todo lo que los hombres hagan o dejen de hacer; otros creían que el futuro depende en gran medida de nuestros propios esfuerzos y que no hay nada en la naturaleza de las cosas que impida un avance seguro e indefinido. La mayoría no se problematizaba con estos temas y los admitía con la vaga sensación de que constituían una afirmación de sus convicciones. Pero la idea del progreso se convirtió en una parte de la estructura mental genérica de las gentes cultivadas”12.
El párrafo de Bury es exacto, con la sola salvedad de que no se trataba de la humanidad sino de la clase dirigente de Occidente y de una parte de las clases dirigentes del resto del mundo, que en esta época le estaba subordinado directa e indirectamente.
Lo que lo prueba con más claridad que ninguna otra cosa es la aceptación que esas clases dirigentes hicieron de las reglas del juego de la democracia liberal, con sus leyes básicas: la de la discusión racional del conflicto político (que implicaba llevarlo a la caja de resonancia del Parlamento) y la de la decisión mayoritaria (que suponía aceptar sin limitaciones ni reservas la decisión de la mitad más uno).
Lo importante es hacer notar que en esta etapa no son sólo los epígonos del progresismo los que aceptan tales “reglas del juego” sino que lo hacen inclusive aquellos grupos que mantenían una actitud globalmente crítica hacia el conjunto del sistema: unos por reaccionarios —los católicos—, otros por sentirse representantes de una interpretación aún más progresista de la ideología en cuestión: los marxistas.
Unos y otros, sin declinar la crítica principista, admiten integrarse en el sistema y si piensan en modificarlo es, en todo caso, por la vía evolutiva que el mismo sistema admite. Sólo quedan al margen los grupos anarquistas que son en todo caso minoritarios y aislados, aunque sus bombas hagan mucho ruido… y víctimas. Es en este ambiente de certeza y plenitud en el que un científico inglés va a publicar una obra erudita que tendrá una curiosa historia posterior. Como dice Etienne Gilson, “si el interesado por la historia emprende la lectura de El origen de las especies para buscar qué dice Darwin en tal obra sobre la evolución, comprobará con sorpresa que la palabra no aparece en ningún sitio, ni en la primera edición (1859), ni en ninguna de las siguientes, hasta la sexta, aparecida diez años después de la primera… El hecho (es) que el mismo Darwin no tuvo, en principio, la intención principal de promover una doctrina de la evolución, pues pudo exponer completamente su pensamiento sin emplear la palabra, cuya existencia, sin embargo, conocía. En resumen, si hubo un inventor de la teoría de la evolución, no pudo ser él”13.

Y concluye Gilson con lo que constituye la tesis central de su importante obra: “Spencer está verdaderamente en su sitio entre los filósofos; el evolucionismo es, verdaderamente, una doctrina filosófica amparada por las plumas de la ciencia, pero es auténticamente una filosofía y Spencer, no Darwin, es su autor”14.

X. Spencer y Darwin: progresismo y evolucionismo
Bury, analista en este aspecto menos sagaz que Gilson, supone que “El origen de las especies condujo al tercer estadio en los avatares de la idea del progreso… La astronomía heliocéntrica, al destronar al hombre de su posición privilegiada en el universo espacial y dejarle abandonado a sus propios esfuerzos, había ayudado a que esta idea compitiese con la de una providencia operante. El hombre sufre ahora una nueva degradación en el marco de su propio planeta. La evolución, al despojarle de su gloria como ser racional espscialmente creado para ser el señor de la Tierra, le da un flojo árbol genealógico. Esta segunda degradación fue el factor decisivo para el afianzamiento del reinado de la idea del progreso”15.
Pero el mismo Bury reconoce, a renglón seguido, que “la prolongación más hábil y más influyente del argumento de la evolución hacia el progreso fue la obra de Spencer. Extendió el principio de la evolución a la sociología y a la ética y fue su más conspicuo intérprete en sentido optimista”, y añade una frase decisiva para quien conozca la obra de Gilson: “Spencer había sido evolucionista desde bastante antes de la intervención decisiva de Darwin”, con lo que queda en claro que la teoría de la evolución fue expuesta por el filósofo inglés a mediados de siglo y encontró en la tesis de Darwin de la supervivencia del más apto simplemente el argumento científico que le permitió amparar su filosofía con “las plumas de la ciencia”.
Anotemos al pasar —pues la dilucidación de ese aspecto crucial de la cuestión no entra en el propósito de estas líneas— que la teoría de Spencer es profundamente finalista, pues “el propósito último de la creación… es la producción de la mayor cantidad de felicidad”16 y ésa es la ley interna del progreso. Grave dificultad que los evolucionistas más recientes resuelven cambiando pudorosamente las palabras, a falta de poder cambiar los hechos17.
De todos modos, hacia fines del siglo XIX la doctrina de Darwin-Spencer es recibida como una confirmación decisiva de las promesas iniciales de la ideología del progreso, la que —como hemos dicho— contenía la certeza de que la ciencia terminaría por revelar todos los enigmas que al hombre preocupan. Ahora ya se sabía quién era el hombre y de dónde venía, y su procedencia, “natural” no hacía sino embarcarlo en la gloriosa singladura hacia el progreso. “Un poderoso movimiento—escribe Spencer— se dirige siempre hacia la perfección, hacia un completo desarrollo y un mayor bien sin mezcla; subordinando en su universalidad todas las pequeñas irregularidades y retrasos al modo en que la curvatura de la Tierra se subordina a las montañas y los valles. Incluso en el mal, el estudioso aprende a reconocer tan sólo una forma del bien en lucha”18. Difícilmente se podría encontrar una síntesis tan ajustada y representativa de la concepción del progreso en su etapa de optimista apogeo.

Fragmento de Evolucionismo y Progresismo. Aníbal D’Angelo Rodríguez.  Tomado de Evolución y Evolucionismo Ediciones Oikos, 1982

 

 Pero después de esta interesante lectura del texto de Aníbal D’Angelo Rodríguez, sigamos leyendo  en la obra de Bell mencionada arriba……..

 

 

 

Imagen de El retronauta

 

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