Archivo de mayo 12th, 2015

El naturalista riojano José Longinos Martínez Garrido (1756-1802), y su secular confrontación con el poder


 

XVI JORNADA CIENTÍFICA DE ADEBIR
El calagurritano José Longinos Martínez Garrido (1756-1802), era el naturalista oficial en la Expedición a la Nueva España (1787-1803). En 1787 se embarcó rumbo a las Américas en compañía de Vicente Cervantes,  botánico de la expedición y posteriormente primer Catedrático de Botánica de México. En América, José Longinos Martínez Garrido fundó los dos primeros Gabinetes de Historia Natural del Continente, el de Ciudad de México y el de Guatemala, con
ejemplares recogidos y preparados a lo largo de sus viajes por México, las Californias y Guatemala, en los que recorrió miles de millas por mar y tierra.
Convivió con los habitantes de distintas latitudes, inspeccionó minas de plata, analizó aguas, herborizó, disecó y enseñó a disecar, escribió un diario de su viaje a las californias, etc… A pesar de todo ello, su tarea no ha sido reconocida debidamente, en parte por una secular disputa con el director de la Expedición, Martín de Sessé. Los análisis de los documentos de la época conservados en el Archivo General de la Nación permiten nuevos puntos de vista sobre esta interesante polémica protagonizada por este eminente naturalista riojano.

 

Programa de la jornada

Viernes, 15 de mayo de 2015. Salón de Actos de la Biblioteca pública Municipal de Logroño.

 

16h. Bienvenida.

Director del IER.
Director del Área de Ciencias
Naturales.
Directiva de ADEBIR.
16h. 15 min. José
Longinos Martínez Garrido: Un naturalista calagurritano en la historia. Carlos Martín Escorza.

17h.  El poder y el deber: El ejemplo de José Longinos Martínez Garrido. Emilio Cervantes.

18 30. Asamblea General Ordinaria de ADEBIR.


Discusión de perspectivas y
posibilidades de futuro.
Balance económico.
Proyectos en marcha.
Ruegos y preguntas.

Imagen: El Jardín botánico, de Paret.

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La hipótesis dada en el capítulo X y otra de las objeciones más graves que nunca se hayan presentado vuelven en el párrafo septingentésimo nonagésimo quinto de El Origen de las Especies

Vuelven a aparecer los argumentos, o mejor dicho la ausencia de argumentos, del capítulo X. El autor ve una naturaleza que es ordenada y discontínua, pero no lo admite. Él prefiere soñar con mundos sumergidos en los que se encierran los eslabones perdidos que proporcionarían la continuidad que afortunadamente no existe.

 

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With respect to the absence of strata rich in fossils beneath the Cambrian formation, I can recur only to the hypothesis given in the tenth chapter; namely, that though our continents and oceans have endured for an enormous period in nearly their present relative positions, we have no reason to assume that this has always been the case; consequently formations much older than any now known may lie buried beneath the great oceans. With respect to the lapse of time not having been sufficient since our planet was consolidated for the assumed amount of organic change, and this objection, as urged by Sir William Thompson, is probably one of the gravest as yet advanced, I can only say, firstly, that we do not know at what rate species change, as measured by years, and secondly, that many philosophers are not as yet willing to admit that we know enough of the constitution of the universe and of the interior of our globe to speculate with safety on its past duration.

 

Por lo que se refiere a la ausencia de estratos ricos en fósiles debajo de la formación cámbrica, puedo sólo recurrir a la hipótesis dada en el capítulo X, o sea que, aun cuando nuestros continentes y océanos han subsistido casi en las posiciones relativas actuales durante un período enorme, no tenemos motivo alguno para admitir que esto haya sido siempre así, y, por consiguiente, pueden permanecer sepultadas bajo los grandes océanos formaciones mucho más antiguas que todas las conocidas actualmente. Por lo que se refiere a que el tiempo transcurrido desde que nuestro planeta se consolidó no ha sido suficiente para la magnitud del cambio orgánico supuesto -y esta objeción, como propuesta por sir William Thompson, es probablemente una de las más graves que nunca se hayan presentado-, sólo puedo decir, en primer lugar, que no sabemos con qué velocidad, medida por años, cambian las especies, y, en segundo lugar, que muchos hombres de ciencia no están todavía dispuestos a admitir que conozcamos bastante la constitución del universo y del interior de nuestro globo para razonar con seguridad sobre su duración pasada.

 

Lectura aconsejada:

 

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